Del plano al cómputo: método para una serie completa de láminas eléctricas
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Quien proyecta instalaciones eléctricas en edificios de viviendas suele dedicar más tiempo a ordenar planos que a tomar decisiones sobre la instalación. Este artículo no trata de normativa, sino de método: cómo obtener del plano del arquitecto el juego completo de planos eléctricos, cómputo incluido, de manera que ningún plano contradiga a otro.
Antes, unas palabras sobre quiénes somos. No firmamos proyectos en los países donde se construyen estos edificios. Tenemos más de veinticinco años de experiencia en ingeniería eléctrica y elaboramos los planos para oficinas de proyectos: aplicamos la normativa local en los planos; la revisión y la firma quedan a cargo del ingeniero responsable. Por eso este texto no explica normas —eso corresponde a quien firma bajo ellas—, sino cómo se hacen los planos.
1. Todo depende del plano base
El DWG del arquitecto no es un simple anexo: es la estructura de datos sobre la que se apoya todo el trabajo posterior. Antes de colocar el primer punto de luz conviene revisar cinco cosas.
Recintos cerrados. Cada recinto debe estar delimitado por una polilínea cerrada o, al menos, por muros que realmente se toquen. Si el contorno queda abierto aunque sea dos centímetros, ningún procedimiento puede saber con certeza a qué recinto pertenece la toma que está junto a la puerta. A partir de ahí todo se asigna a mano, y en cada revisión hay que volver a hacerlo.
Capas separadas por función. Muros, puertas y ventanas, mobiliario, cotas, sombreados y textos, cada cosa en su capa. Si el mobiliario está en la capa de muros, no se puede apagar para leer el plano, y todas las láminas salen recargadas desde el principio.
Nombres y superficies como texto. «Sala de estar 24,60 m²» tiene que ser un objeto de texto, en una capa reconocible. De esos textos salen la leyenda, las tablas de superficies y la mitad de las descripciones del cómputo.
Unidades y escala coherentes. Si el archivo se guardó con unidades distintas de las declaradas, los bloques se insertan multiplicados o divididos por mil.
Nada de geometría perdida. Un segmento olvidado a unos kilómetros del edificio altera la extensión del dibujo y, con ella, todas las vistas que se generan automáticamente.
¿Qué significa, en la práctica, un plano base «limpio»? Uno que recibimos hace poco tenía 224 capas y no estaba desordenado: ninguna estaba vacía y cada una tenía sentido para quien dibujó el plano. El problema no es que haya capas inútiles, sino que hay demasiadas. Para la parte eléctrica hacen falta unas diez —muros, vanos, nombres y superficies de los recintos, cotas— y todo lo demás tiene que poder apagarse de una sola vez sin arrastrar esas diez. Si las capas no están separadas por función, eso es imposible, y se trabaja siempre sobre un plano recargado. Medio día dedicado a entender y limpiar la base cuesta menos que una sola revisión sobre láminas ya terminadas.
2. Leer el edificio antes de dibujar
Antes del primer símbolo hay que leer el edificio: cuántos recintos hay, para qué sirve cada uno, qué pertenece a cada vivienda y qué son servicios comunes. De esa separación depende cuántos cuadros hacen falta, cuántas columnas montantes y por dónde van las líneas principales. Si se deja para después, el problema aparece a mitad del trabajo, y entonces toca redibujar.
En edificios de varias plantas hay que mirar también la continuidad vertical: por dónde pasan los ductos o patinillos y si los locales técnicos coinciden de una planta a otra. Una columna montante que en el tercer piso se topa con una viga es un problema de proyecto, no un detalle de dibujo.
La distribución la dicta el uso del recinto, no el largo del muro. Seis metros de muro en la sala de estar y seis metros de pasillo no piden lo mismo.
3. Tomas y puntos de luz: según el mobiliario y los recorridos
Las tomas se colocan según el mobiliario previsto, no a distancias fijas a lo largo del muro. En la cocina mandan la superficie de trabajo y los electrodomésticos empotrados; en el dormitorio, los dos lados de la cama; en la sala de estar, la pared del televisor.
Los interruptores siguen la forma en que uno se mueve por la vivienda: uno a la entrada de cada recinto, del lado del picaporte; conmutadores en los dos extremos de un pasillo largo o de una escalera; un interruptor de cruce cuando los puntos de mando pasan a ser tres. Son decisiones de proyecto, no de obra: si se dejan en manos de la obra, plano e instalación se separan desde el primer día.
Baños, exteriores y locales húmedos son el lugar donde la ubicación deja de ser una cuestión de comodidad. Allí las distancias, las características de los equipos y las medidas de protección las fija la normativa local, y el ingeniero que firma las vuelve a comprobar cada vez que cambia la base arquitectónica.
4. Circuitos y numeración: la columna vertebral
Aquí se decide si el trabajo sobrevivirá a las revisiones. Cada punto lleva el identificador de su circuito, y ese identificador tiene una estructura fija: cuadro, vivienda, tipo de circuito, número correlativo. Da igual qué convención se elija; lo importante es que exista y que nunca se abandone.
Con una numeración coherente, el esquema unifilar del cuadro deja de ser un plano aparte y pasa a ser una consecuencia de la planta. Hay una única lista de circuitos, sacada de la planta, y el esquema se genera a partir de ella. Nunca dos listas: dos listas siempre terminan diferenciándose, y lo hacen sin que nadie lo note.
El error clásico es justo el contrario: un unifilar dibujado por separado y actualizado «cuando haya tiempo». El esquema se queda atrás y la diferencia la descubre el instalador, en obra.
5. El cómputo como consulta, no como conteo
Si cada símbolo lleva su partida —código, descripción, unidad—, el cómputo se obtiene contando símbolos y sumando longitudes por tipo. No es un trabajo aparte para el final: es una pregunta que se le hace al dibujo, y la única manera de que el cómputo siga coincidiendo con las láminas después de la tercera revisión.
Lo que el dibujo no contiene queda a cargo del proyectista: mermas, bajadas y tramos verticales, albañilería, pequeño material, precios y, sobre todo, el control de sentido común. Si el número de puntos no cuadra con la cantidad de recintos y con su uso, el error está antes, en el modelo, no en la tabla.
6. Lo que el método resuelve y lo que no
El método se ocupa de las consecuencias. Todo lo que se deriva de una decisión ya tomada —la geometría, el conteo, la coherencia entre láminas, la propagación de un cambio a todo el juego, la leyenda, los cajetines— puede generarse en lugar de copiarse, y conviene hacerlo: copiar es la forma más segura de que dos láminas que deberían decir lo mismo acaben diciendo cosas distintas. Las herramientas no tienen nada de exótico: atributos de bloque para llevar los datos dentro del símbolo, extracción de datos a tablas para obtener listados y el cómputo, referencias y campos para que el cajetín se complete solo. Cualquier CAD las tiene desde hace veinte años. Lo que suele faltar no es la herramienta, sino la disciplina de usarla de principio a fin.
El método no toma decisiones. El dimensionado de las líneas, la selectividad de las protecciones, lo que el edificio necesita más allá del mínimo, la valoración de los casos especiales: nada de eso sale de la planta, sino que la precede. Ninguna disciplina de dibujo produce esas decisiones ni las sustituye; como mucho, hace que su ausencia se note antes.
El método también tiene límites, y conviene enunciarlos. Vale lo que vale el plano base: sobre un archivo desordenado produce un orden aparente. Vale lo que vale la convención de nombres: si la estructura de los identificadores cambia a mitad del trabajo, la ventaja acumulada se pierde por completo. Y, sobre todo, coherencia no es corrección. Un juego de planos perfectamente coherente puede estar coherentemente equivocado, y la coherencia lo vuelve incluso más convincente, porque el error se propaga con la misma eficacia que la corrección. La revisión de fondo sigue siendo tarea de una persona, y debe hacerla quien está habilitado para ello.
Un proyecto lo firma una persona. El cumplimiento de la buena práctica y de las exigencias vigentes donde se construye el edificio es responsabilidad del ingeniero que firma, y no se puede delegar en un método ni en un procedimiento. Ninguna herramienta firma un proyecto.
7. Una nota sobre idiomas
Tarde o temprano alguien pide el mismo juego de planos en varios idiomas. Es una buena prueba para un enfoque que también sirve a quien trabaja en un solo idioma: el texto no debe vivir en el dibujo, sino en el modelo. Si las leyendas, los cajetines y las descripciones de las partidas son atributos de los objetos, y no textos colocados sobre la planta, los planos, las tablas de superficies y el cómputo pasan a ser vistas de la misma información: se corrige una vez y la corrección llega a todas partes. Si, en cambio, el texto está disperso por las láminas, cada revisión se convierte en una búsqueda del tesoro, en el idioma que sea.
Aquí también hay un límite, y hay que decirlo con claridad. Las descripciones técnicas traducidas tiene que revisarlas alguien que conozca el oficio en el idioma de destino. Y las referencias a normas no se traducen: se sustituyen por las del país donde se construye el edificio, y el ingeniero que firma allí confirma la elección. Una referencia normativa traducida al pie de la letra no remite, en el mejor de los casos, a nada.
Ninguna de estas reglas es nueva. Que un proyecto sobreviva a sus revisiones o se desarme depende casi siempre de dos cosas: la calidad del plano base y la disciplina con que se numeran los circuitos. El tiempo que ahorra el método va adonde de verdad hace falta: a las decisiones técnicas, que nadie puede tomar en lugar de quien firma.