Dónde termina la automatización y empieza el criterio
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En un edificio de viviendas, las decisiones de ingeniería caben en una tarde.
Cuántos enchufes y luminarias en cada estancia, cómo se agrupan en circuitos, cómo se acciona el alumbrado, dónde va el cuadro — unas horas de criterio de quien ya lo ha hecho.
Después, los planos y el cómputo se llevan semanas.
No porque sean difíciles, sino porque cada una de esas decisiones hay que arrastrarla a mano por todo el juego de planos: cada símbolo dibujado y rotulado, uno a uno, los trazados de cable siguiendo las paredes, los esquemas de los cuadros rellenados renglón a renglón, calculados el balance de potencias y las caídas de tensión, y al final contada cada cantidad.
Y eso son solo las viviendas. Luego llegan los pasillos y las escaleras, las zonas comunes, el garaje — cada uno con su cuadro, sus circuitos, su alumbrado, y encima el alumbrado de emergencia. Horas por lámina, días por planta, semanas por edificio.
Nada de eso es ingeniería. Es su consecuencia, copiada a mano.
Y eso es justo lo que merece la pena automatizar — las consecuencias, nunca las decisiones. Fijados los puntos y los circuitos, de ellos salen por regla el balance de potencias, las caídas de tensión, las secciones de los conductores, las protecciones, cada lámina y cada renglón del cómputo — obtenidos en minutos, y nunca mal contados en la lámina cuarenta.
La tarde de criterio queda para el ingeniero. Las semanas de transcripción no tienen por qué existir.
¿Dónde trazas tú esa línea — qué dejarías derivar y qué no delegarías jamás?
Quien escribe esto no firma los proyectos: la norma y la firma quedan para el proyectista que firma. Aquí se habla solo de método.